domingo, 27 de marzo de 2011

Cómo Laura encontró su nombre

Abrió el closet y una avalancha de papeles se vino encima. A juzgar por los colores creyó que eran cartas, pero pronto encontró pedazos de periódicos, libros, recetas, directorios telefónicos. En el suelo había una nueva alfombra. Se hincó. Pocas veces llovían recuerdos. Pocas veces llovían recuerdos ajenos. Con sus pequeñitos dedos tomó una hoja de directorio. Los nombres de mujeres estaban señalados con un marcador. Varias páginas mostraban Mariana, Griselda, Paola, Lucía, Gisela (que nombre más horrible, peor incluso que Griselda), otra Paola (¿para qué señalar varias Paolas?) Luisa, Carmen... Se aburrió muy pronto. Tiró el directorio y buscó otro papel. Una lista escrita a mano tachoneaba varios nombres. Varias Anas resaltaban por un círculo, óvalo o raya en rojo. Había incluso una Ana escrita junto a una Ana impresa. Tiró el papel y metió las manos al montón, cerrando los ojos como si fuera a descubrir un tesoro y quisiera abrir los ojos y encontrarlo. La tapa de un libro la hizo extraer el pesado objeto. No quiso abrir los ojos aún. Sintió que algo vibraba tras la pasta dura y verde (que no veía pero intuía) y lentamente abrió el libro. Una mano invisible la guiaba. Escuchó como los años guardados, sin despegarse las hojas, se abrían como un girasol hace por la mañana. Comenzó a reir, mientras abría los ojos y en una página, subrayado con un lápiz muy fino, descubría su nombre: Laura.

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