miércoles, 30 de marzo de 2011
Una noche con nuevas estrellas
Mira los puntos, que no son puntos, son lejanas luces que vienen hasta aquí después de miles de años - le dijo. Laura veía con grandes ojos. Su abuelo sonreía cuando veía esos ojos. La noche cayó como un telón. Caminando de vuelta a casa, Laura recordó a su abuelo. Recordó el sonido de las chicharras. El calor de la noche cerca de los Andes, cuando habían noches con calor. Si es que habían. Caminaban horas para llegar a casa. Alguna vez (Laura no supo pues estaba muy distraída viendo un zurco en la tierra) cayó uno de los puntos, dejó un cráter en la tierra y su abuelo explicó que esas cosas simplemente pasan.
martes, 29 de marzo de 2011
Un sueño de Laura
Aquí termina el sueño, decía el letrero. Laura despertó. No pudo borrar la mueca de tristeza. Fue al espejo y ahí dejó un rastro de mueca. Vió el amanecer por la ventana y ahí dejó un rastro de mueca. En el autobus, cuando viajaba a la universidad, dejó rastros de mueca en los pasajeros. En clase golpeaba el lápiz contra el escritorio. Alguien le pidió que por favor, no más. Respondió con una sonrisa a medias. Hacia el mediodía por fin había olvidado el letrero del sueño.
domingo, 27 de marzo de 2011
Cómo Laura encontró su nombre
Abrió el closet y una avalancha de papeles se vino encima. A juzgar por los colores creyó que eran cartas, pero pronto encontró pedazos de periódicos, libros, recetas, directorios telefónicos. En el suelo había una nueva alfombra. Se hincó. Pocas veces llovían recuerdos. Pocas veces llovían recuerdos ajenos. Con sus pequeñitos dedos tomó una hoja de directorio. Los nombres de mujeres estaban señalados con un marcador. Varias páginas mostraban Mariana, Griselda, Paola, Lucía, Gisela (que nombre más horrible, peor incluso que Griselda), otra Paola (¿para qué señalar varias Paolas?) Luisa, Carmen... Se aburrió muy pronto. Tiró el directorio y buscó otro papel. Una lista escrita a mano tachoneaba varios nombres. Varias Anas resaltaban por un círculo, óvalo o raya en rojo. Había incluso una Ana escrita junto a una Ana impresa. Tiró el papel y metió las manos al montón, cerrando los ojos como si fuera a descubrir un tesoro y quisiera abrir los ojos y encontrarlo. La tapa de un libro la hizo extraer el pesado objeto. No quiso abrir los ojos aún. Sintió que algo vibraba tras la pasta dura y verde (que no veía pero intuía) y lentamente abrió el libro. Una mano invisible la guiaba. Escuchó como los años guardados, sin despegarse las hojas, se abrían como un girasol hace por la mañana. Comenzó a reir, mientras abría los ojos y en una página, subrayado con un lápiz muy fino, descubría su nombre: Laura.
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